🛣️ Av. De la Tilapia 🐟



—Qué tristeza, qué pesar, ya no puedo más con esto, ¿por qué soy tan diferente a los demás?, ¿por qué no puedo ser como ellos? —Se preguntaba Laila. Ni siquiera se atrevía a mirar a su alrededor, porque pensaba que todos llevarían una vida afortunada, y ella no. 

»Hoy será otro gran mal día, quisiera quedarme en mi departamento, pero tengo que ir, a ver qué tan mal me va hoy.

Laila no comprende qué le ocurre, pero en esa oficina se siente muerta en vida. Si por ella fuera se dedicaría a escribir y a sus manualidades, pero en esta vida todo cuesta, se come, se paga renta.

»Quisiera tener el valor de ya no acudir, de ya no trabajar más en esa oficina, quedarme en casa y escribir; podría vender algo y sacar para comer. ¡Qué puta vida!…

Va también por la Avenida de la Tilapia, la señora Chelsea, con un poco de mandado, pues no puede ya con más.

—Menos mal que no olvidé ponerme bloqueador. No puede ser que ninguno de mis hijos pueda acompañarme, apenas y camino. ¿Y si me atropellan? ¡ojalá! y que carguen con ello —balbuceaba la señora Chelsea. Caminando muy lento, esperando que un carro se atreva a pasar sobre ella.

»Pero no les daré un peso a esos bastardos; si ellos no se apiadan de su madre, yo no me apiadaré de ellos. Juro por Dios, y por pagar justamente a su mal trato, que todo lo que tengo lo he de donar al orfanato. No recibirán ni un peso mío esos bastardos.

Coleta camina a la escuela de la mano de su madre.

«¿Qué pasará hoy?, ¿y si el maestro me pide que pase al frente, si alguien me habla, si alguien me pregunta algo, si quieren platicar conmigo, si me pegan?» pensaba Coleta.

Cómo desearía Coleta decirle a su madre lo que ocurre en la escuela. El día de ayer tres de sus compañeros, entre ellos una niña, la humillaron: uno le jaló el cabello, otro le pellizco el cachete y la niña le echó un escupitajo en la cara.

La tilapia llora, la tilapia llora. Pobre tilapia, ve el porvenir.

Laila seguirá pasando por la avenida para ir a su trabajo, jamás podrá renunciar, de tanto pesar dejará de escribir. Cada vez su hombros estarán más encogidos. 

La tilapia llora, la tilapia llora. Pobre tilapia, ve el porvenir.

La señora Chelsea corre, la verdad es que no quiere morir, no quiere que la atropelle un coche, corre tan poco como puede… la señora Chelsea tropieza, se da un golpe en la cabeza… sus hijos se reparten sus bienes. 

La tilapia llora, la tilapia llora. Pobre tilapia, ve el porvenir.

Coleta no habla, Coleta está triste, su madre la cuestiona al ver los moretones, pero Coleta no hablará jamás. 

La tilapia llora, la tilapia llora. Pobre tilapia, ve el porvenir. La tilapia no soporta, se rompe…

La señora Chelsea queda cerca de los trozos, que caen de la gran tilapia, asustada, sin moverse, alguien le ayuda a cruzar la calle… A Coleta le asustó tanto el estruendo que le dijo a su madre:  “¡no quiero ir a esa escuela ya!”…  Laila sintió que por poco la tilapia la aplastaba, se regresó corriendo a casa, y llamó a su trabajo para renunciar. 

El llanto de la Tilapia cesó.









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